El Lazarillo es uno de los textos clásicos de referencia que suelen explicarse en clase, y a veces, menos de lo necesario, leerse. Hallar el texto completo es muy sencillo, porque, al ser una novela tan citada, se reproduce en muchas páginas, por ejemplo en esta.Los libros de texto traen fragmentos de la novela para comentarlos y hacer ejercicios, además, claro es, de la información oportuna sobre el texto: polémicas sobre el autor, datos internos de la novela sobre la fecha de composición, argumento, caracterización del personaje del niño y de sus amos, etc.Es muy fácil encontrar en Internet comentarios sobre episodios de la obra, pero en ocasiones son o demasiado pedestres o demasiado eruditos para los alumnos de 3º de ESO. Por eso, dejo aquí un comentario que suelo utilizar en clase, adaptado a los requisitos más frecuentes de la técnica del comentario de textos.También, otros documentos para ser utilizados en clase.



COMENTARIO DE TEXTO DEL
“EPISODIO DEL JARRO DE VINO”,
DEL LAZARILLO DE TORMES (TRATADO I)
TEXTO
Yo, como estaba hecho al vino, moría por él, y viendo que aquel remedio de la paja no me aprovechaba ni valía, acordé en el suelo del jarro hacerle una fuentecilla y agujero sutil, y, delicadamente, con una muy delgada tortilla de cera, taparlo; y, al tiempo de comer, fingiendo haber frío, entrábame entre las piernas del triste ciego a calentarme en la pobrecilla lumbre que teníamos, y, al calor de ella luego derretida la cera, por ser muy poca, comenzaba la fuentecilla a destilarme en la boca, la cual yo de tal manera ponía, que maldita la gota se perdía. Cuando el pobreto iba a beber, no hallaba nada. Espantábase, maldecíase, daba al diablo el jarro y el vino, no sabiendo qué podía ser.
-No diréis, tío, que os lo bebo yo -decía-, pues no le quitáis de la mano.
Tantas vueltas y tientos dio al jarro, que halló la fuente y cayó en la burla; mas así lo disimuló como si no lo hubiera sentido.
Y luego otro día, teniendo yo rezumando mi jarro como solía, no pensando el daño que me estaba aparejado ni que el mal ciego me sentía, sentéme como solía; estando recibiendo aquellos dulces tragos, mi cara puesta hacia el cielo, un poco cerrados los ojos por mejor gustar el sabroso licor, sintió el desesperado ciego que agora tenía tiempo de tomar de mí venganza, y con toda su fuerza, alzando con dos manos aquel dulce y amargo jarro, le dejó caer sobre mi boca, ayudándose, como digo, con todo su poder, de manera que el pobre Lázaro, que de nada de esto se guardaba, antes, como otras veces, estaba descuidado y gozoso, verdaderamente me pareció que el cielo, con todo lo que en él hay, me había caído encima.
Fue tal el golpecillo, que me desatinó y sacó de sentido, y el jarrazo tan grande, que los pedazos de él se me metieron por la cara, rompiéndomela por muchas partes, y me quebró los dientes, sin los cuales hasta hoy día me quedé.
Desde aquella hora quise mal al mal ciego, y, aunque me quería y regalaba y me curaba, bien vi que se había holgado del cruel castigo. Lavóme con vino las roturas que con los pedazos del jarro me había hecho, y, sonriéndose, decía:
-¿Qué te parece Lázaro? Lo que te enfermó te sana y da salud -y otros donaires que a mi gusto no lo eran.
  1. ACLARACIONES LÉXICAS
- regalar: tratar bien a alguien (voz de germanía en el siglo XVI)- y luego otro día: al día siguiente
- acordar: determinar, resolver, decidir
- holgar: alegrarse de una cosa, celebrar algo.
2.LOCALIZACIÓN DEL TEXTO
El fragmento pertenece al tratado I del Lazarillo de Tormes, obra anónima del siglo XVI. Se narra un episodio con el ciego, el primer amo de Lázaro: es una “picardía” más, que sigue a otras similares, con las que el protagonista intentaba también beber el vino del jarro. A sus intentos, el ciego responde siempre con nuevas astucias que le dificultan la satisfacción de una necesidad vital (aquí, no es el comer, sino el beber).
Se trata de uno de los episodios más famosos de la novela, porque muestra la dureza del aprendizaje del protagonista.

3. DETERMINACIÓN DEL TEMA


Una aventura que, junto a otras muchas, contribuye a formar el carácter de Lázaro. Así ha ido aprendiendo con el ciego lo que es la vida y así continuará con él y con otros amos. Ese aprendizaje viene marcado, como se ve, por los golpes y las burlas de los demás, que se imponen al protagonista como niño e inexperto que es.
El episodio toma como referencia el vino, un elemento recurrente en la novela por su sentido salvífico y su significado simbólico (fuente de calor = fuente de vida = fuente de ingresos)

4. ESTRUCTURA DEL RELATO Y RECURSOS LITERARIOS


Está narrado dentro de una sucesión cronológica de acontecimientos, tal como se indicaba en el apartado 2: se sitúa inmediatamente después de otros intentos, descubiertos por el ciego, de conseguir el vino del jarro.
Como en todos los cuentos tradicionales, y éste tiene tras de sí unos ricos antecedentes folclóricos (romances, colecciones de exempla), se sucede una secuencia fija en su armazón narrativa:

  1. PLANTEAMIENTO: necesidad ineludible de beber vino por parte del protagonista; el oponente le impide la satisfacción de ese deseo;
  2. NUDO: a) invención de una estratagema para satisfacer esa necesidad
b) satisfacción de la necesidad del vino, relacionada con el frío, una calamidad más
c) descubrimiento de los efectos de la estratagema (la falta del vino) por el ciego y excusa de Lázaro
d) descubrimiento de la estratagema y venganza del ciego
3. DESENLACE: conclusión de la aventura y burlas del ciego. Nuevo aprendizaje de Lázaro.

Esta estructura típica del episodio se repite en todos los estadios del aprendizaje de Lázaro: intento de engaño – descubrimiento del engaño – venganza; es decir, el aprendizaje en Lázaro sigue una estructura cíclica en todo el Tratado I. Justamente al final de éste, el niño conseguirá invertir la tendencia y será él quien se vengue del ciego, además de haberlo engañado.
Para narrar el cuento se utiliza un lenguaje realista, propio de lo que después se llamará “novela picaresca” (ya que en el Lazarillo no puede hablarse aún de tal género novelístico, y ni siquiera aparece la palabra pícaro), que no rehúsa expresiones coloquiales (“maldita la gota que se perdía”, “no diréis, tío”, “daba al diablo”, “el pobreto”), aunque, por supuesto, no deje de lado el embellecimiento propiamente literario.
De entre los rasgos retóricos, el más destacado es, sin duda alguna, el de la abreviatio, manifestada por la concisión expresiva, el empleo exacto del léxico y la abundancia de anáforas para acortar la enunciación (4-6).
En el nudo del texto, los recursos empleados tratan de oponer la sutileza, picardía e ingenio de Lázaro a la brutalidad, sabiduría y mayor ingenio del ciego, al que, en cambio, se dedica alguna matización admirativa; así, al inicio del texto, la estratagema se narra utilizando diminutivos afectivos: “fuentecilla”, “tortilla”, “pobrecilla” (contagiados al propio ciego: “pobreto”, con una posible intención humorística), junto a un léxico que revela el ingenio de Lázaro: “agujero sotil”, “delicadamente … taparlo”. Toda esta serie de términos apreciativos contrasta con el léxico degradante empleado para el ciego: “mal ciego”, “desesperado ciego”, “su fuerza” (que se repite en “su poder” para reafirmar el ímpetu agresivo), que aún se opone al menor ingenio de Lázaro: “no pensando el daño”, “sentéme como solía”, “dulces tragos”, “mi cara puesta hacia el cielo”, “cerrados los ojos”, “sabroso licor”; ambos léxicos se aúnan en el momento del golpe y toman como referencia el objeto principal del fragmento: “dulce y amargo jarro”. La contraposición léxica continúa hasta el final: el “golpecillo”, irónico, se contrapone el “jarrazo”, y la consecuencia es una buena muestra del “humor negro”, tremendista, posiblemente tan español: le parte la cara y le deja sin dientes.
Todas estas contraposiciones, que revelan, en el fondo, la diferencia de ingenio que aún se mantiene entre amo y criado, vienen a confluir, en las líneas finales, con la burla del ciego y el lamento del niño. Aquél, más sabio aún, concibe la aventura con un espíritu que podria pasar por pedagógico, cuyo instrumento es el vino, origen del conflicto y solución final para sus heridas: "lo que te enfermó te sana y da salud", con no poca ironía: el vino "ha enfermado" a Lázaro, le ha sentado mal tomarlo, pero no porque se haya excedido con él la última vez que lo ha bebido. ¡Tomar vino sienta mal a la larga!, parece decirle el ciego a Lázaro, como si estuviera imbuido de un piadoso espíritu paternalista.
Arriba se mencionaba la precision del léxico, usado con un valor muy exacto. Esa precisión donde mejor se manifieste sea probablemente en la adjetivación constante del fragmento. Los adjetivos matizan el significado genérico de los sustantivos y dotan al texto de una rigurosidad que impacta al lector: "agujeto sotil", "delgada tortilla", "triste ciego", "pobrecilla lumbre", "mal ciego", "dulces tragos", "sabroso licor", "desesperado ciego", "pobre Lázaro", "cruel castigo". Como fácilmente se comprueba, los adjetivos cooperan decisivamente al sentido del texto y a la caracterización de los personajes y de sus relaciones.
Un último recurso que abona el realismo del relato es la pretendida objetividad distanciadora. En una narración autobiográfica, en 1ª persona, la subjetividad ha de ser constante en todos los episodios; sin embargo, siendo esto así efectivamente, se introducen en la obra algunos elementos que tratan de distanciar claramente el hecho narrado y el momento de la enunciación. En este fragmento, después de haber desarrollado el argumento central, Lázaro-narrador nos dice que se quedó sin dientes "hasta el día de hoy", alejando de ese modo la acción del presente, aunque en él repercuta. Esa mención, narrativamente innecesaria, no puede deberse más que al deseo de objetivar mínimamente un relato subjetivo, dotándolo de una suficiente verosimilitud: las huellas del pasado en el presente tangible. Pero más claramente se muestra esa intención en el centro del relato: cuando más enfangados estamos en la historia del jarrazo, esperando anhelantes, nosotros lectores, su conclusión, Lázaro-narrador modifica repentinamente la perspectiva y se decide a usar, en apenas tres líneas, la 3ª persona narrativa, dejando desamparado de su protección a Lázaro-personaje: "de manera que el pobre Lázaro, que de nada de esto se guardaba, antes, como otras veces, estaba descuidado y gozoso". Justo en este momento descarga el ciego su jarrazo sobre el personaje "desamparado". Inmediatamente después, vuelve a retomarse la 1ª persona: "verdaderamente me pareció..."
A lo largo de toda la novela, Lázaro-narrador y Lazaro-personaje se han confundido en una sola persona y han ofrecido al lector una sola perspectiva. Tan solo en algún momento crítico el narrador se desvincula de lo narrado y tiende a objetivizar los hechos. Surgen, entonces, de improviso, dos perspectivas, la del que narra y la del que actúa, para de inmediato volver a una sola.
Lázaro-narrador = Lázaro-personaje
1ª persona
Subjetividad
Lázaro-narrador / Lázaro-personaje
3ª persona
Objetividad
Tal disociación suele hacerse, como en este fragmento, con una maestría bien calculada y buscando siempre un efecto distanciador premeditado, quizá de naturaleza psicológica (maestría que, dicho sea de paso, hace que muchos lectores apresurados no reparen en esta disociacion).
5. CONCLUSIÓN
El fragmento del que aquí se ha esbozado un comentario aproximador pasa por ser una buena muestra del estilo fácil y realista del Lazarillo de Tormes. Como este, otros muchos episodios podrían escogerse para el comentario y para llegar a precidas conclusiones.
La naturaleza folclórica del episodio influye poderosamente en la narración, inserta aquí en un marco muy amplio de antecedentes y consecuentes, que la sitúan dentro del proceso de aprendizaje vital del protagonista. La importancia del ciego, su primer amo, ha sido resaltada por toda la crítica y la puede detectar cualquier lector medianamente avisado.
Como se ha visto, el narrador se encarga de indicarnos que ese proceso aún no ha concluido, a través de las fuertes contraposiciones léxicas que resaltan el diferente ingenio de uno y otro protagonistas. La narración, por ello, se desarrolla con un ritmo muy vivo, como contada oralmente, de pícaro a pícaro (¿lo sería Vuestra Merced?), con un crescendo final que desemboca en la resolución degradante, pero aleccionadora, por la que Lázaro empezará a "querer mal" a su amo y anticipará el abandono de su compañía. Esa oralidad, que recuerda el ideal valdesiano de "escribir como se habla", no parece desmentirla ninguno de los recursos arriba expuestos, si bien es cierto que siempre media una literaturización necesaria, como alguna expresión del tipo "fingiendo haber frio", que más parece deberse al registro latinizante de los prosistas del siglo XV que a la conversación ordinaria española de la época.
En fin, el humilis stylus, el estilo humilde, aplicado a personajes humildes que se ocupan de y en hechos humildes, es la mejor forma para acercar la obra al "gran publico", al más humilde, que "devoró" el Lazarillo incluso después de ser severamente prohibida su lectura en la España rígida y católica del augusto hijo del Emperador.